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El primer maestro de la Astrología es la Astronomía

  • Foto del escritor: Ignacio Zenteno
    Ignacio Zenteno
  • 4 mar
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 4 mar

"El primer maestro de la Astrología es la Astronomía." Recibí esta antigua enseñanza de la tradición védica de uno de mis más queridos profesores, y cada vez encuentro en ella más sentido. Desde hace algunos años entiendo y vivo la Astrología principalmente como un camino contemplativo. Su práctica no es solo memorizar y aplicar conocimientos con fines predictivos (que considero también de una gran importancia y belleza); es también una invitación a ver la vida y el mundo, en cualquier instante, desde una mirada o sensibilidad especial, atenta a la manifestación de movimientos y patrones que emergen de un ordenamiento natural del cosmos. Cultivando esta actitud comenzamos a develar la presencia y la expresión de arquetipos en lo cotidiano. Marte aparece en la cocina entre los hierros calientes, los cuchillos, la carne cortada, el fuego y la sangre. Encontramos a Venus en el perfume de una flor y a Mercurio en la conversación juguetona de unas aves. Júpiter se manifiesta bajo un enorme y generoso árbol de mangos, cuya abundancia de frutos repartidos en el suelo invita a cualquiera a recogerlos y saborear su dulzura.


Estar con el cielo es para mí una parte fundamental de este camino contemplativo. Eso significa dedicar tiempo a salir por la noche, buscar un buen lugar y detenerse a observar. Descubrir un nuevo detalle sobre el brillo de un astro: ese tan brillante debe ser Sirio; ese otro cambia de color; aquel no tintinea, debe ser entonces un planeta… distraerse, divagar y volver a contemplar. Esa estrella es más rojiza, ¿será Antares? Claro, ahí está el Escorpión, es mucho más visible durante el otoño. Volver otro día a una nueva cita con el cielo, esta vez al amanecer. Un día de equinoccio, otro de solsticio. Y así, al igual que nuestros antepasados, ir dibujando en nuestras mentes las geometrías danzantes que vislumbramos desde la Tierra, descifrando cada día un poco más su inagotable misterio.


Creo que necesitamos esta práctica contemplativa para incorporar ciertos aspectos esenciales del conocimiento astrológico. Por ejemplo, ella nos demuestra que la Astrología, águila sideral que hacia lo alto nos eleva, está profundamente enraizada en nuestra Tierra. El sistema astrológico, con todo su imaginario y sus simbolismos, tiene como columna vertebral una poderosa cruz: las cuatro direcciones cardinales, en íntima relación con las cuatro estaciones, con el pulso de la vida y con su ciclicidad. La misma cruz que nuestros ancestros Mapuche plasmaron sabiamente en el símbolo del Kultrun, situándolo en el corazón de su cosmovisión. Ella se encuentra además geométricamente hermanada con los cuatro puntos angulares que marcan desde nuestra perspectiva el viaje cotidiano de los astros: Ascendente (salida en el horizonte oriental), Medio Cielo (culminación), Descendente (puesta en el poniente) y Fondo del Cielo (anticulminación).



En nuestros tiempos modernos, el aprendizaje y la práctica de la Astrología se encuentran completamente mediados por computadoras, lo cual ha simplificado enormemente algunos procesos que antiguamente se requerían para calcular una carta astral. Sin embargo, esto también nos ha alejado de las raíces astronómicas y geográficas de nuestra disciplina, y por lo tanto, de la observación minuciosa del cielo con los pies bien puestos en la tierra. Mi anhelo como astrólogo y profesor es desarrollar una propuesta pedagógica que revitalice esta esencia contemplativa al guiar a nuevas personas que emprendan la aventura astrológica. Pienso que este enfoque no solamente es clave para dominar el sistema astrológico y obtener mejores resultados predictivos. Las citas con el cielo también pueden regalarnos momentos de conexión íntima con nuestro origen, con el pasado de nuestra familia humana y la memoria de una gran fragilidad que dio lugar a nuestra necesidad atávica de predecir el futuro. Pero quizás, el mayor tesoro de la contemplación astrológica sea la posibilidad de sintonizar, en el presente, con la secreta armonía con que fluye la Naturaleza. Y tal vez, como dice un brillante poema, “tomar el pulso a todo lo que existe y vivir el milagro de cuanto nos rodea”. O quién sabe, entregarnos a una gran belleza que no puede ser nombrada.


Luna creciente sobre Lago Caburgua, 26 de febrero de 2026 a las 00:18.
Luna creciente sobre Lago Caburgua, 26 de febrero de 2026 a las 00:18.

 
 
 

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