Eclipses: Grandes Finales y Grandes Comienzos
- Ignacio Zenteno
- 15 feb
- 4 min de lectura
Actualizado: 26 feb
Imaginemos o recordemos el avistamiento de un eclipse total de Sol: es de día, de un momento a otro se impone el otro extremo, la profunda oscuridad de la noche, las aves vuelven confundidas a sus nidos, pero enseguida vuelve de golpe la luz solar radiante, dejándolas aún más desconcertadas. Tal vez esta pequeña visualización nos permite captar cómo los eclipses están natural y simbólicamente relacionados con la posibilidad de cambios súbitos y drásticos, con situaciones desestabilizantes que exigen restaurar un equilibrio perdido. Los anhelos de seguridad y control propios de nuestra frágil condición humana han registrado en variadas culturas y mitologías esta faceta disruptiva y ominosa de los eclipses. Veamos un fragmento de La Vida es Sueño, de Calderón de la Barca, que ilustra magníficamente cómo los eclipses se han asociado, en nuestro imaginario colectivo, con acontecimientos o fuerzas cósmicas de una potencia estremecedora. Se trata del nacimiento de Segismundo, protagonista de esta importante obra.
Su madre infinitas veces,
entre ideas y delirios
del sueño, vio que rompía
sus entrañas atrevido
un monstruo en forma de hombre,
y entre su sangre teñido
le daba muerte, naciendo
víbora humana del siglo.
Llegó de su parto el día,
y los presagios cumplidos,
nació en horóscopo tal,
que el Sol, en su sangre tinto,
entró a luchar con la Luna
como dos faroles divinos.
Fue este el mayor, el más horrendo
eclipse que el Sol ha padecido
después que lloró con sangre
la cruda muerte de Cristo.
Los cielos se oscurecieron,
temblaron los edificios,
llovieron piedras las nubes,
corrieron sangre los ríos.
Así nació Segismundo,
dando de su condición indicios,
pues dio la muerte a su madre,
con cuya fiereza dijo:
“Hombre soy, pues que ya empiezo
a pagar mal beneficios.”
(Fragmento adaptado con la versión de Renata Pallottini.)
En este pedacito de literatura, el eclipse aparece como un embate sangriento entre el Sol y la Luna, que coincide con un acontecimiento igual de tremebundo en la Tierra: la muerte de la reina en el parto del príncipe Segismundo. Se trata de un momento de máxima tensión y contraste entre fuerzas opuestas, luz y sombra, creación y destrucción, dando lugar a un vórtice liberador de energías que no puede ser controlado por las voluntades humanas.
Por otro lado, la contemplación de estos fenómenos por miles de años le ha permitido a nuestro psiquismo captar otra de sus cualidades esenciales: ellos marcan el pulso de grandes finales y grandes comienzos en la manifestación de nuestros destinos colectivos e individuales en la Tierra. Esto se encuentra implícito en la geometría fundamental de los eclipses, pues para que ellos ocurran, una condición necesaria es que haya luna nueva (conjunción Sol – Luna, tradicionalmente asociada al inicio de un ciclo de experiencia) o luna llena (oposición Sol – Luna, asociada a la completitud o final). Recordemos otra obra magna de nuestra cultura que ilustra este principio: “2001: Odisea del Espacio” de Stanley Kubrick. Su apertura con la majestuosa imagen de un eclipse visto desde el espacio, al son de la famosísima música de Strauss, dejó una huella importante en la historia del cine. Le sigue la secuencia titulada “El Amanecer del Hombre”, en la cual vemos representada la vida salvaje de nuestros ancestros primates hace miles de años. En esta fantasía, el eclipse marca un grandioso punto de inflexión en la historia de la vida en la Tierra: el gran salto de la imaginación que le permitió a nuestros antepasados tomar un hueso en sus manos y convertirlo, por primera vez, en herramienta para matar, para obtener alimento y protegerse de las fieras, para ejercer la violencia y dominar a otros de su misma especie. Grandes finales y grandes comienzos.
Este 17 de febrero de 2026 tendrá lugar el primero de cuatro eclipses de este año, correspondiente a una Luna nueva en el grado 28° de Acuario. Ella pondrá en marcha un proceso de grandes finales y grandes comienzos, hasta mediados de 2028, en áreas muy específicas de nuestras vidas indicadas por las casas astrológicas activadas en la carta natal de cada una/o. Para no caer en el sensacionalismo, consideremos que no todos los eclipses son igualmente importantes para todas las personas, lo cual dependerá de otras variables como el grado del ascendente en la carta natal, el grado de las cúspides de las casas, y el grado de los planetas natales. Además, estos cambios no necesitan ser dramáticos o trágicos, pudiendo incluso encaminarnos hacia vidas más auténticas, saludables y realizadas. En las distintas vertientes de la astrología se han desarrollado múltiples formas de utilizar el conocimiento de los eclipses con fines interpretativos o predictivos. Sin embargo, el camino evolutivo trazado por los eclipses generalmente exige una actitud de revisión personal, honestidad y coraje para soltar aquello que nos impide avanzar hacia la realización de los anhelos más verdaderos del alma, cerrando capítulos de nuestras vidas para expandir nuestros límites hacia lo nuevo y desconocido. Así, el embate terrible de los faroles divinos se puede convertir en una danza cósmica de transformación, creatividad y belleza.
En mi caso, una gran novedad coincidente con este eclipse es que comenzaré oficialmente a enseñar astrología. Muy pronto lanzaré un taller para principiantes que quieran adentrarse conmigo en estas aguas. La invitación será a zambullirse en el antiguo sistema de doce casas para observar y comprobar personalmente, a la luz de los eclipses, la potencia predictiva del sistema astrológico, así como la solidez de la idea astrológica fundamental: “como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba”.




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